NUNCA vivimos un momento tan especial que busque
concientemente la disolución de las fuerzas sociales y las energías vitales. Ningún
fin de época se tornó tan virulentamente antivital. Ningún sistema de
dominación conocido buscó aniquilar la mitad de su propia población para
garantizar su reproducción. Vivimos un momento único sin precedente alguno, una
gran oportunidad disolutoria, un excepcional sentido de futuro surge ante
nuestra vista basado en la certeza de la muerte de esta muerte. Años más o
menos, todos los caminos de este paredón, de esta fosa común, de esta
formidable cárcel, de este gran cementerio conducirán a Roma. Y esta Roma
también caerá. Vivimos bajo un gran privilegio, no todos los días muere Roma,
no todos los años se cae una civilización, no todas las décadas muere un
impostor de semejante tamaño. Vivimos un momento de gran expectación, estamos
ante el fragor de la caída del gran engañador, del gran distorsionador, del
gran ilusionista, del gran filibustero, del gran infante caprichoso carente de
madre, del gran desolador, del gran criminal, del gran apropiador, del gran
usurpador, del gran conquistador, del gran mediocre, del gran ridículo, del
gran solista que nos mató nuestro mejor coro. Él o todos. Quien lo defienda es
su propio enemigo de sí mismo y no lo sabe. Seamos piadosos, luchemos, ayudémosle
a morir.