Las tentaciones libidinales tienen bajo el imperio de la
represión y el tabú sexual -es decir entre nosotros desde hace varios miles de
años-, los más intrincados permisos para desplazarse siempre que no rompan el
estrecho marco jurídico al que se las ha sometido. Este también es el caso de
científicos que se ven obligados a interpretar su propia obra y son concientes
del marco académico en el que luchan y conceden, pero tal vez no tanto acerca
de los automatismos que dicho contexto les promueve a sus decisiones.
Beneficiado por mi automatismo ya inmanente haré presente una hipótesis como
para tratar de comprender el mundo en que tratamos de vivir.
En esta página indagaré someramente qué impulsó a Marija
Gimbutas a atribuir diosas a las sociedades maternales del neolítico que ella
contribuyó decisivamente a desenterrar. Debo recordar que esta civilización
prepatriarcal se extendió desde hace 9.500 años en el tercio oriental de Europa
y un fragmento de lo cercano asiático, en un área de gran tamaño. Se trató de
sociedades maternales, no matriarcales durante miles de años en que no fueron
atacadas, sino matrifocales, armónicas, pacíficas, agricultoras, sin jerarquías
sociales, de sexualidad espontánea, con prioridad en las criaturas, sin
monogamia, de amparo al conjunto, de intercambio de excedente y bienes por
necesidad en toda la red, sin Estado, agrupadas en ciudades de hasta 20 mil
personas construidas en los valles, sin marcas de guerra ni incendios durante
al menos dos mil años. Se trató de una civilización de cuyo descubrimiento
arqueológico debido a la arqueóloga lituana Marija Gimbutas hace ya cincuenta
años, recién comienza a hablarse, y muy lejos nos encontramos de incluirla en
las valoraciones científicas.
Según creo, Gimbutas
ha seguido para realizar su obra interpretativa de su obra arqueológica un
otrora muy fuerte modelo de arte. En el modelo fenomenológico que ha seguido
M.Gimbutas en su obra La civilización de
la diosa, las estatuillas entendidas como obras de arte que son, ‘hacen por
sí mismas’ que la divinidad esté presente. De este modo, el modelo le permite
salir de la postulación meramente abstracta de la idea o presencia de diosa
para hacerla ‘aparecer’. Es así que puede atribuirse que sea el pueblo o la
comunidad la que logra mediante la realización de la obra de arte que la
divinidad aparezca. Porque ella implica la presencia de lo que es común a un
pueblo o a una comunidad.
A pesar de la atribución de una teoría del arte premoderna a
las sociedades maternales, no deja de ser un esfuerzo de interpretación que
olvida algunos detalles. Templos e imágenes estarían allí en las ciudades desenterradas
por la ‘Revolución Arqueológica’ según parece, aunque no es definitivo que haya
habido lugares específicos destinados a templos. No obstante, las estatuillas
proporcionan la imagen, elemento indispensable para una interpretación. Del
millar de estatuillas que pueden por sus características ser consideradas obras
de arte, la imagen de la mujer como fuente de vida es el motivo dominante
cuando no exclusivo.
Entre los detalles a tener en cuenta para la aplicación del
criterio estético interpretativo, sea cual fuere, uno de gran importancia sin
duda lo es el contexto. Aquí les propongo que hagamos un rodeo pequeño para
entrar en contexto. El modelo fenomenológico fue esbozado por Hegel, quien
estudió el comportamiento de los antiguos griegos respecto de los dioses y el
arte. El modelo tiene también variantes conceptuales en Heidegger y en Gadamer,
no obstante, se trata del modelo fenomenológico básico. Hegel había notado que
los griegos habían logrado que sus poetas forjaran a sus dioses nuevos en
detrimento de los dioses superados. Esta capacidad atribuida a los poetas y por
extensión al ‘ser’ de la poesía, si bien toma en cuenta una situación bien
documentada, no logra ni siquiera pensar por qué lo hicieron, es decir, por qué
los poetas forjaban nuevas divinidades que luego ‘consumiría’ el conjunto de la
comunidad. Hegel tomó estos hechos de diseño jerárquico como verdaderos y
atemporales automáticamente y sobre ellos forjó a su vez una teoría estética,
pero dio un paso mayor, le otorgó carácter universal. Para él, los griegos
habían establecido los pasos necesarios para comprender el proceso que
solucionaría todos los casos que se presentasen. Hegel había esbozado
previamente una historia universal para establecer la estructura de apoyo a
posteriores observaciones en diferentes campos. La historia universal de Hegel
es con variantes la que aun en general aceptamos. La seguimos aceptando porque
aun no hemos logrado salir de la ceguera y no nos atrevemos a evaluar la obra
que le debemos a M. Gimbutas. Esto dicho al pasar queda para otro día.
Dejamos de lado un tema decisivo porque no podemos ocuparnos
de él en toda su extensa intensidad,
pero no por ello desconoceremos para este propósito uno de sus legados. La RA
advierte que las sociedades maternales eurasiáticas prepatriarcales de 9.500 años
de antigüedad, eran armónicas, pacíficas y fundamentalmente carecían de
jerarquías entre las personas. Así surge del estudio detallado de los
cementerios en los que los arqueólogos no encuentran vestigios de diferencia de
niveles sociales en los vestidos y los objetos.
Ahora bien, y esto qué importancia tiene. Nada. Sólo una
inquietud a modo de pregunta. En una sociedad no jerárquica, cómo hace la obra
de arte para que el dios mismo esté presente y de este modo sea mostrado al
pueblo como su espíritu. Si las comunidades a las que hacemos referencia no
tienen-no tuvieron en su desarrollo marcas de jerarquía alguna, es muy poco
probable que realmente hayan estado preocupados sus artistas en elevar diosas o
dioses o diosa alguna. En realidad podemos imaginar que la presencia de diosas
o dioses presupone una comunidad previamente jerarquizada.
Una de las virtudes de esta teoría además de su fácil
universalidad autoproclamada, lo es que implica una prueba de la existencia de
dios. El procedimiento sería el siguiente: si en tanto escultor o arquitecto realizo
la obra, convoco a la patencia de la divinidad a que se haga presente, ella lo
hace porque mediante la obra de arte puede acceder a manifestarse en lo social,
así la comunidad podrá verse a sí misma en la divinidad y la divinidad
autoproclamarse como existente. Si el ser de la divinidad no pudiese
manifestarse gracias al ser de la poesía implícita en la obra de arte, la
comunidad no podría beneficiarse del espíritu del pueblo latente en la obra y la
divinidad debería buscar otras vías para acceder a manifestar su existencia. La
falacia es obvia. Presupongo la existencia de dios, le otorgo una vía de manifestación
gracias a la obra humana jerarquizada, jerarquizo a los humanos entre sí
gracias a la obra y les impongo una estratificación para que la comunidad se
vea y se reconozca en ella como jerárquica, luego le adjudico a un humano la
capacidad demiúrgica de poder generar una obra de arte tan elevada como para
evitar que la diosa o el dios tenga que bajar demasiado en el momento de
manifestarse. Listo. Con un simple movimiento tengo humanos semidiosas o
semidioses, comunidades que por fin ‘saben’
lo que son, y dioses de existencia presente cuando quiero evocarlos. Genial. De
este modo todos felices, ya que las emociones embargarán esta relación tan
necesaria y le darán el tinte cálido que necesitamos para vivir. Los dioses y
las diosas cumplirán la función de amparo que fue sustraída a la
responsabilidad de los humanos respecto de sí mismos, y así de este modo la
cima de la jerarquía disminuirá su vacuidad y el sistema jerárquico social
obtendrá sentido y universalidad temporal. Es decir, los competitivos filósofos
recrean este movimiento que otrora fue encargado a los poetas, pero lo superan,
le otorgan sentido, nos lo explican, y así justifican dos cosas: su propia
necesariedad social y la existencia de las jerarquías entre humanos. Se trata sólo
de una bella obsecuencia para congraciarse con el sistema de dominación. Estábamos
tratando de comprender la filosofía de los inútiles. Sigamos. En este propósito
tal vez pueda imaginarse que Hegel fuese poco leído en la Rusia de los zares,
pero para adolescentes en la Lituania soviética de los años 40’s fue, dudando
poco, lectura conocida.
La tragedia debería reescribirse ante tamaña noticia de
semejante presencia social. Lo que no podemos ignorar es que los poetas griegos
generaron los mitos, y Homero según parece por encargo de un rey de Creta, con
el objeto de borrar las huellas de lo previo. En dichas huellas se encontrarían
los motivos que impulsaron a aquéllos griegos a modelar lo previo. En dichas
huellas y sobre ellas, Hegel escribió simplemente ignorando al menos dos
noticias: qué era lo viejo que habían ocultado los poetas griegos, y en segundo
lugar, que hubo sociedades opuestas a la griega, sociedades laicas no
jerárquicas. Demasiada ignorancia como para mantener indemne una teoría con
pretensiones de universalidad. Y nada
menos que de allí, de ese error se tomó Marija Gimbutas para respaldar
su posición mágico-religiosa. De este modo se produjo un error en cadena cuyos
eslabones están lejos de emanciparse.
Resulta que la estatua de la ‘diosa’ se fragmenta ante todos
los miembros de la comunidad y de esa forma la divinidad se convierte en el
espíritu de la comunidad. Qué pasos habrá seguido Marija. Primero, aunque dude
pensaría, tengo que presupones o aceptar que las sociedades maternales
prepatriarcales construyeron templos en una manifestación similar a las
patriarcales, luego, por obra de la presencia divina que logra esta
arquitectura y las esculturas, la divinidad se hace presente en la comunidad.
Gimbutas acaba por reunir todos los elementos que le hacían falta para publicar
su interpretación gracias a Hegel, y de allí a la atribución de diosas y dioses
a las sociedades laicas del neolítico, que ella misma descubrió, sólo hubo un
paso.
Tal vez haya sido un excesivo culto a Hegel lo que la
distrajo. Tal vez a la academia. Tal vez no.
dfa
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