sábado, 30 de mayo de 2015

HEGEL, GIMBUTAS Y LA CIVILIZACIÓN DE LA DIOSA (bajo lic cc)

Las tentaciones libidinales tienen bajo el imperio de la represión y el tabú sexual -es decir entre nosotros desde hace varios miles de años-, los más intrincados permisos para desplazarse siempre que no rompan el estrecho marco jurídico al que se las ha sometido. Este también es el caso de científicos que se ven obligados a interpretar su propia obra y son concientes del marco académico en el que luchan y conceden, pero tal vez no tanto acerca de los automatismos que dicho contexto les promueve a sus decisiones. Beneficiado por mi automatismo ya inmanente haré presente una hipótesis como para tratar de comprender el mundo en que tratamos de vivir.
En esta página indagaré someramente qué impulsó a Marija Gimbutas a atribuir diosas a las sociedades maternales del neolítico que ella contribuyó decisivamente a desenterrar. Debo recordar que esta civilización prepatriarcal se extendió desde hace 9.500 años en el tercio oriental de Europa y un fragmento de lo cercano asiático, en un área de gran tamaño. Se trató de sociedades maternales, no matriarcales durante miles de años en que no fueron atacadas, sino matrifocales, armónicas, pacíficas, agricultoras, sin jerarquías sociales, de sexualidad espontánea, con prioridad en las criaturas, sin monogamia, de amparo al conjunto, de intercambio de excedente y bienes por necesidad en toda la red, sin Estado, agrupadas en ciudades de hasta 20 mil personas construidas en los valles, sin marcas de guerra ni incendios durante al menos dos mil años. Se trató de una civilización de cuyo descubrimiento arqueológico debido a la arqueóloga lituana Marija Gimbutas hace ya cincuenta años, recién comienza a hablarse, y muy lejos nos encontramos de incluirla en las valoraciones científicas.
 Según creo, Gimbutas ha seguido para realizar su obra interpretativa de su obra arqueológica un otrora muy fuerte modelo de arte. En el modelo fenomenológico que ha seguido M.Gimbutas en su obra La civilización de la diosa, las estatuillas entendidas como obras de arte que son, ‘hacen por sí mismas’ que la divinidad esté presente. De este modo, el modelo le permite salir de la postulación meramente abstracta de la idea o presencia de diosa para hacerla ‘aparecer’. Es así que puede atribuirse que sea el pueblo o la comunidad la que logra mediante la realización de la obra de arte que la divinidad aparezca. Porque ella implica la presencia de lo que es común a un pueblo o a una comunidad.
A pesar de la atribución de una teoría del arte premoderna a las sociedades maternales, no deja de ser un esfuerzo de interpretación que olvida algunos detalles. Templos e imágenes estarían allí en las ciudades desenterradas por la ‘Revolución Arqueológica’ según parece, aunque no es definitivo que haya habido lugares específicos destinados a templos. No obstante, las estatuillas proporcionan la imagen, elemento indispensable para una interpretación. Del millar de estatuillas que pueden por sus características ser consideradas obras de arte, la imagen de la mujer como fuente de vida es el motivo dominante cuando no exclusivo.
Entre los detalles a tener en cuenta para la aplicación del criterio estético interpretativo, sea cual fuere, uno de gran importancia sin duda lo es el contexto. Aquí les propongo que hagamos un rodeo pequeño para entrar en contexto. El modelo fenomenológico fue esbozado por Hegel, quien estudió el comportamiento de los antiguos griegos respecto de los dioses y el arte. El modelo tiene también variantes conceptuales en Heidegger y en Gadamer, no obstante, se trata del modelo fenomenológico básico. Hegel había notado que los griegos habían logrado que sus poetas forjaran a sus dioses nuevos en detrimento de los dioses superados. Esta capacidad atribuida a los poetas y por extensión al ‘ser’ de la poesía, si bien toma en cuenta una situación bien documentada, no logra ni siquiera pensar por qué lo hicieron, es decir, por qué los poetas forjaban nuevas divinidades que luego ‘consumiría’ el conjunto de la comunidad. Hegel tomó estos hechos de diseño jerárquico como verdaderos y atemporales automáticamente y sobre ellos forjó a su vez una teoría estética, pero dio un paso mayor, le otorgó carácter universal. Para él, los griegos habían establecido los pasos necesarios para comprender el proceso que solucionaría todos los casos que se presentasen. Hegel había esbozado previamente una historia universal para establecer la estructura de apoyo a posteriores observaciones en diferentes campos. La historia universal de Hegel es con variantes la que aun en general aceptamos. La seguimos aceptando porque aun no hemos logrado salir de la ceguera y no nos atrevemos a evaluar la obra que le debemos a M. Gimbutas. Esto dicho al pasar queda para otro día.
Dejamos de lado un tema decisivo porque no podemos ocuparnos de él  en toda su extensa intensidad, pero no por ello desconoceremos para este propósito uno de sus legados. La RA advierte que las sociedades maternales eurasiáticas prepatriarcales de 9.500 años de antigüedad, eran armónicas, pacíficas y fundamentalmente carecían de jerarquías entre las personas. Así surge del estudio detallado de los cementerios en los que los arqueólogos no encuentran vestigios de diferencia de niveles sociales en los vestidos y los objetos.
Ahora bien, y esto qué importancia tiene. Nada. Sólo una inquietud a modo de pregunta. En una sociedad no jerárquica, cómo hace la obra de arte para que el dios mismo esté presente y de este modo sea mostrado al pueblo como su espíritu. Si las comunidades a las que hacemos referencia no tienen-no tuvieron en su desarrollo marcas de jerarquía alguna, es muy poco probable que realmente hayan estado preocupados sus artistas en elevar diosas o dioses o diosa alguna. En realidad podemos imaginar que la presencia de diosas o dioses presupone una comunidad previamente jerarquizada.
Una de las virtudes de esta teoría además de su fácil universalidad autoproclamada, lo es que implica una prueba de la existencia de dios. El procedimiento sería el siguiente: si en tanto escultor o arquitecto realizo la obra, convoco a la patencia de la divinidad a que se haga presente, ella lo hace porque mediante la obra de arte puede acceder a manifestarse en lo social, así la comunidad podrá verse a sí misma en la divinidad y la divinidad autoproclamarse como existente. Si el ser de la divinidad no pudiese manifestarse gracias al ser de la poesía implícita en la obra de arte, la comunidad no podría beneficiarse del espíritu del pueblo latente en la obra y la divinidad debería buscar otras vías para acceder a manifestar su existencia. La falacia es obvia. Presupongo la existencia de dios, le otorgo una vía de manifestación gracias a la obra humana jerarquizada, jerarquizo a los humanos entre sí gracias a la obra y les impongo una estratificación para que la comunidad se vea y se reconozca en ella como jerárquica, luego le adjudico a un humano la capacidad demiúrgica de poder generar una obra de arte tan elevada como para evitar que la diosa o el dios tenga que bajar demasiado en el momento de manifestarse. Listo. Con un simple movimiento tengo humanos semidiosas o semidioses,  comunidades que por fin ‘saben’ lo que son, y dioses de existencia presente cuando quiero evocarlos. Genial. De este modo todos felices, ya que las emociones embargarán esta relación tan necesaria y le darán el tinte cálido que necesitamos para vivir. Los dioses y las diosas cumplirán la función de amparo que fue sustraída a la responsabilidad de los humanos respecto de sí mismos, y así de este modo la cima de la jerarquía disminuirá su vacuidad y el sistema jerárquico social obtendrá sentido y universalidad temporal. Es decir, los competitivos filósofos recrean este movimiento que otrora fue encargado a los poetas, pero lo superan, le otorgan sentido, nos lo explican, y así justifican dos cosas: su propia necesariedad social y la existencia de las jerarquías entre humanos. Se trata sólo de una bella obsecuencia para congraciarse con el sistema de dominación. Estábamos tratando de comprender la filosofía de los inútiles. Sigamos. En este propósito tal vez pueda imaginarse que Hegel fuese poco leído en la Rusia de los zares, pero para adolescentes en la Lituania soviética de los años 40’s fue, dudando poco, lectura conocida.  
La tragedia debería reescribirse ante tamaña noticia de semejante presencia social. Lo que no podemos ignorar es que los poetas griegos generaron los mitos, y Homero según parece por encargo de un rey de Creta, con el objeto de borrar las huellas de lo previo. En dichas huellas se encontrarían los motivos que impulsaron a aquéllos griegos a modelar lo previo. En dichas huellas y sobre ellas, Hegel escribió simplemente ignorando al menos dos noticias: qué era lo viejo que habían ocultado los poetas griegos, y en segundo lugar, que hubo sociedades opuestas a la griega, sociedades laicas no jerárquicas. Demasiada ignorancia como para mantener indemne una teoría con pretensiones de universalidad. Y nada  menos que de allí, de ese error se tomó Marija Gimbutas para respaldar su posición mágico-religiosa. De este modo se produjo un error en cadena cuyos eslabones están lejos de emanciparse.
Resulta que la estatua de la ‘diosa’ se fragmenta ante todos los miembros de la comunidad y de esa forma la divinidad se convierte en el espíritu de la comunidad. Qué pasos habrá seguido Marija. Primero, aunque dude pensaría, tengo que presupones o aceptar que las sociedades maternales prepatriarcales construyeron templos en una manifestación similar a las patriarcales, luego, por obra de la presencia divina que logra esta arquitectura y las esculturas, la divinidad se hace presente en la comunidad. Gimbutas acaba por reunir todos los elementos que le hacían falta para publicar su interpretación gracias a Hegel, y de allí a la atribución de diosas y dioses a las sociedades laicas del neolítico, que ella misma descubrió, sólo hubo un paso.

Tal vez haya sido un excesivo culto a Hegel lo que la distrajo. Tal vez a la academia. Tal vez no. 

dfa







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