Corporación Fútbol
Propongo un ejercicio
“desacralizante” que podríamos aplicar en todas las áreas del pensamiento. Si
filosofar es desbrozar el camino de los problemas que plantea el vivir, hoy
perentoriamente, con la siempre inestimable ayuda de Goethe y Schiller
deberíamos contactar con la vida juvenil ya que no es propio del filosofar
aportar al desapego y a la desorientación.
Hoy todos vivimos en la “corporación
fútb-all”.
El deporte en la modernidad
tardía -¿el pos-deporte?-, tiene otra
estrella del norte. Ya no tenemos los deportistas y los amantes del deporte la
obligación de priorizar conceptos tales como camiseta, honor, adversario,
cuartelera, travesaño, y de cuidarnos del periodismo. Desde hace algunos pocos
años tales conceptos han mutado, y ha aparecido el tiempo de las hermandades
corporativas, que en el caso del fútbol, tiene incluso regla, signo y ritual.
Hacer filosofía del deporte, es
intentar lograr el difícil esfuerzo por atenerse a observar los resultados de la acción. Estarían
vedadas las valoraciones culturales o los señalamientos arriesgados propios de
los analistas de la
cultura. Cómo hacerla satisfactoriamente con una antropología
sin hombre. ¿Cómo sería practicar deporte sin jugadores, sin individuos que lo
hicieren? Hacer filosofía del deporte
implica manchar las palabras, atreverse a cuestionar, a correr el riesgo de ser
impiadosos, porque al menos en La Argentina vale más que las personas, es
decir, ruede como ruede, la pelota vale más y está alterada. Y cómo afecta ésta
alterada nuestra tarea, o bien, cómo podríamos ponerla al servicio de una
búsqueda que los jóvenes no logran definir.
Ya no basta con decir deporte es
juego reglado, sino que se nos impone pensar qué decimos cuando decimos juego,
y qué implicamos cuando decimos regla.
Para comenzar, debo decir que el
juego nos ha sido quitado, que el placer de jugar se nos ha ido desplazado por
el ambiguo horizonte impuesto por la polaridad triunfo-derrota. Si gano placer,
si pierdo, incluso si pierdo ante mí haciendo bolitas de paramecio: displacer,
decepción, y aún tristeza, autoflagelación, agresividad creciente,
desconocimiento del error, del error propio, ocultamiento falaz de la
importancia del hecho acontecido, hipocresía, perfidia, desorientación,
desvinculación, sui-cida.
Fue deglutido aquél sentimiento de
placer experimentado por el sólo hecho de jugar. Hace algunas décadas la
mercancía alcanzó el arco, los papelitos,
la banderita, la vida de los deportistas, la de algunos “hinchas” o “torcedores”, pero en estos últimos
tiempos, invadió las características del festejo de los espectadores, de los
actores. Lo hiperestésico alcanzó transformando el relato en apariencia
altamente emotivo de los semi-dioses, los relatores, el ‘aire’ de exactitud
aristocratizante de los comentaristas, lo gestual, la dicción, el culto a la
memoria, la apariencia científica inapelable del dato, la motricidad específica
del caminar, del bostezar público artificioso, la sexualidad, el glamour, el porte augusto de la banalidad.
Es tan amplio el arco que nos
implica, que no tenemos otra vía que la del recorte, en la certeza de que
dejamos de lado aspectos relevantes, interacciones obvias, y por sobre todo, el
placer de conversarlos.
Hace alrededor de veinticinco años,
el por entonces “negro Pelé”, propuso una serie de reformas al reglamento del
fútbol. El rechazo fue tan automático y excluyente que ya casi nadie recuerda
el caso. Además, el rechazo fue algo notorio y en parte sorpresivo, ya que se
trataba de alguien que conocía el ADN del juego, pero aún desconocía el genoma
de la trenza.
El paquete presentado por Pelé,
contenía medidas reglamentarias que dinamizarían el juego, disminuirían el
porcentaje de retención pasiva de pelota, de violencia en la acción de juego, y
aumentaría lo referido a las opciones de ataque, las opciones penalizables a
gol, la objetividad en cuanto a la penalización de las faltas, tendientes a
evitar la teatralización con miras a sacar provecho de un engaño.
El impulso de Pelé, podría ser considerado como
caso-testigo de una posición hoy casi ingenua que promovía una evolución del
juego en el que se priorizase su propia belleza y eticidad, apelando a la
transformación de las reglas a las que entendía obsoletas para tales
propósitos.
Allí se hizo ostensible y manifiesto
el carácter conservador de los congresos internacionales de fútbol, y también
alguna implicancia de la implementación de modificaciones reglamentarias en el
juego, por caso, priorizar el resultado a expensas de la belleza propia del
juego, priorizar el medio para lograr el resultado a expensas de la eticidad
deportiva, así como el inmenso y
esotérico poder reservado a los estrategas de campo afuera.
El de Javier Castrilli, si no fuese por el apellido, podría ser aceptado como otro
caso-testigo, el que aunque con menor ingenuidad y aún formando parte del
ritual, filtró mostrar en toda su obscenidad los resultados de la aplicación
aparentemente irrestricta de la regla.
Recordemos al periodismo
escandalizado con el árbitro que aplicaba el reglamento a secas, sin el
jueguito interpretativo que se le exige a la función arbitral del fútbol. Es
recordable por venerable la denuncia de Castrilli al presidente de la AFA y
vicepresidente de la FIFA desde1978, respecto de la explícita recomendación de
brindar trato preferencial a algunas camisetas. Y en fin, ‘meritocráticamente’,
Castrilli pasó de penalty a scrum, y de scrum a montonera.
Algo tardío, es cierto, llegó el
rumor referido a que los presidentes de los clubes se reunían para decidir
alternar razonablemente en la obtención de campeonatos. Perdón, fue una
confusión pasajera.
El futbolista es hoy entre otras
cosas, modelo social prácticamente excluyente para los adolescentes. En lo
social están planteadas también cuestiones estéticas, aunque todos somos
concientes que nos acucian las de carácter ético. Dejemos las posibles razones del
comportamiento “antisocial” de los
jóvenes, a los estudiosos del porvenir o al porvenir incierto de los
estudiosos, y pasemos a disimular y tratar de ordenar este conglomerado de señalamientos
y el que diré a continuación:
Propongo un jueguito interpretativo
símil adivinanza. A cada item añadir la pregunta “qué significa” en voz baja:
-marco-foco.
-regla de off-side, medida electrónicamente, y
al mismo tiempo cuestionamiento de la incorporación del uso de la radio para
los árbitros.
-periodistas vs el uso de celulares entre los
entrenadores.
-mundiales alternados o nueve a nueve.
-contrataciones de extranjeros un año antes de
los mundiales.
-el mundial de clubes no se arregla.
-periodistas contra la entonación de los
himnos.
-cuántos partidos por campeonato termina un
´grande’ contra ‘un hombre menos’.
-cuántos partidos consecutivos perdió boca 2-1,
después de ir ganando 1-0.
-cuántos penales en los últimos minutos de
juego sancionados a favor de los grandes definieron campeonatos.
-tráfico de personas.
-movilidad social botinera.
-código barra-código mafioso.
-tercerizar.
-socio.
-lavado.
-mercado de pases.
-Bielsa: Veron es inglés.
Muy bien.
Pausa en la
ejercitación. Pueden añadirse otros equívocos.
Cito: “Actualmente ya no voy al estadio…”, dijo
a fines de febrero de 2007, un ex-futbolista de la Roma, porque (vs la Lazio)
“…es una zona de guerra”. Otra persona dijo: “Los hinchas de la Lazio son
campesinos, paganos, cavernícolas, nosotros somos de aquí, de paredes adentro”.
El 3 de febrero del presente 2008, un comentarista de ESPN dijo en Barcelona:
“Ya no se puede jugar un amistoso.”
En el caso de que nos sea permitido
referirnos al hombre y al futuro: ¿Quién forja al hombre futuro? ¿Cómo se forja
el hombre fáustico? ¿Puede hallarse en o restituirse desde la confusión, la
aplicación de un código? ¿Tienen efectivamente un código explícito conciente
los profesores de Educación Física al respecto? ¿Cuál, favorable al dominante,
neutro u opuesto?
Nombro por nombrar.
Qué significa:
-Equipos deportivos ‘esponsoreados’ por bebidas
alcohólicas.
-Promoción de bebidas sin alcohol a “cero límite”.
-Periodistas incluso de cadenas internacionales
que promueven el juego de apuestas (ESPN-FOX).
-El deporte es la guerra.
Fin del ejercicio.
Atendamos al juego, significa no
olvidar que el deporte podría ser entendido como la adecuación del juego a tiempos
de aparente paz. Atender al juego de nuestra tarea significaría no olvidar que
el entrenamiento militar ‘de élite’, ha sido llevado a los video-juegos, y que
los niños y jóvenes podrían encontrar en el ‘cyber’ los modelos actitudinales
de sus elecciones, alguno de cuyos devastadores resultados ya se pueden
observar en las escuelas, resultados que los ‘diseñadores’ tienen por misión
relativizar y suavizar, mientras derivan la responsabilidad convenientemente,
en profesores y maestros.
Digo: ¿Puede aceptarse la opinión
del periodismo como criterio de verdad? Dopaje entendido como excepción aunque
promovido directa e indirectamente para romper límites. Muerte de deportistas
en el campo de juego. Arreglo de partidos, sobornos probados y supuestos, mercado
de personas denominado “compra-venta de jugadores”. ¿Lavado de capitales?
Absurdo, etc. Y en la práctica propiamente dicha lo que se observa es un te
quiebro, te mato, te corto, y acto seguido, con cara angelical,
pregunto: estás bien. Ya se acerca el ¿are you ok?, en esta tendencia pronto
llegará.
Se niega lo imposible, se entrena el
engaño, se materializa el ‘no existís’. A quién importa que dicho mundillo
dicho al paso alcance niveles de comportamiento social general. Y para el
cenit, sean promovidos con la palabra “héroes”.
Héroes de qué heroicidad.
Aclaremos.
Hubo una adecuación de la regla en
el fútbol, pero no fue promovida como en los casos del volei o del básquetbol,
por razones específicas favorecedoras del juego, sino para adecuarlo a un marco
social de creciente violencia y ambigüedad.
Si bien en el fútbol no es posible
aplicar abiertamente la receta de un relativismo político extremo (peronismo
menemista o elitismo rural), sí se
nos hace visible el paródico manejo de un “es” efímero, el que podría trocar
rápidamente en un “si no le doy el manejo de las entradas a los barras, quién
les paga hasta que se los necesite en los congresos, de la fifa”. Claro, es tan
complejo y peligroso como tener a un
ejército griego tirado en las playas durante meses a la espera de la próxima
batalla. El “argumento pragmático” instalado va forjando el ‘modo de ser’ de
los jóvenes y nos va familiarizando a los habitantes con la posible aceptación
general de los argumentos del relativismo extremo.
Hoy la pertenencia más
que nunca en este marco mercantilizable, se ha vuelto mercancía, la mercancía a
su vez viró corporación que como es de esperar, arregla sus diferencias
importantes puertas adentro, y la corporación, por fin, viró ambiente cultural
socialmente aceptado, tan alegremente promovido como tolerado.
Hoy definitivamente -al
menos en el crudo marco de nuestra devaluada civilización ‘plusválida’-, se
necesitan acuciantemente símbolos para vivir y morir, y el fútbol, siempre
listo, ha sido rediseñado para contener la efervescente dinámica de estas
multitudes peligrosamente alejadas
de la noción de perspectiva, a medida que crecen las oportunidades para
expresar el sinsentido en sus vidas ante una civilización que sólo promueve la
libertad en lo económico, haciéndoles notar deliberadamente
en sordina que no las necesita en plenitud.
Lo natural propio del juego fue
nuevamente delineado por las
necesidades de los operadores de la imposición cultural dominante.
Hoy estamos ante la primacía de la
regla por sobre el juego, y ante una ampliación del contenido y función de la
regla, gracias a las transformaciones que promovieron cambios en la práctica
específica del juego. Es decir, buena parte de la corporalidad vigente en lo
social general se rige por el ambiente cultural propio de lo deportivizado. La
ambigüedad da el marco propicio para la polémica y el análisis falaz. Si
promuevo lo opinable –parecieran susurrar los ‘diseñadores civilizatorios’
corporativizados que manejan la regla-, mantenemos dual, ambigua, confusa,
inasible, la procedencia de los valores y necesidades propios que necesitamos
aplicar en lo social general vigente.
De un modo en apariencia natural,
inofensivo, casual, adolescente, el fútbol ha sido posicionado como el juego
reglado en el que todo es posible, incluso cumplir con la letra de la regla, a
la que ni siquiera se han tomado el trabajo de negarle un espíritu. Esta sería
tal vez, la única espiritualidad que pretenden destinarnos los diseñadores del
ritual, aunque han olvidado que el ejercicio pleno de la espiritualidad exige
conciencia.
El sesgo estratégico que hemos
intentado mostrar, vive en nuestras prácticas cotidianas, viaja en los bondis,
en el subte y en los trenes, sufre con las barriadas que ya ni esquina tienen,
adolece en los jóvenes, tanto en la mitad que deserta del sistema educativo
como en la que se mantiene tal vez por no desertar de la vida, es decir, este
sesgo ya es casi un nosotros, somos cada uno como él, los jóvenes adolescentes
y los que ya no lo seremos, los estudiantes y los que están, los que están
porque sí y los que saben por qué están, y así, en este sesgo, de este modo
áspero, indolente, brutal, cruel, confuso y lábil, estaríamos asistiendo a
quienes han logrado reorientar “all fútbol” corporativizándolo, para adecuarlo
a la particularísima dinámica actual de las necesidades expresivas de las
masas, hoy multitudes tal vez de otro signo, de las que formamos parte.
Mientras se envía deliberadamente al ostracismo el heroísmo cotidiano
de los jóvenes que creen en la vida, se promueve el heroísmo y la divinización
supuestos de un algo colectivo amorfo con pretensiones de totalidad, capacitado
para disolver las relaciones sociales incluyentes.
En qué sentido estamos, pregunto,
¿en qué sentido estamos dispuestos a permitir que nuestros hijos, nuestros
alumnos, nuestros vecinos, nuestros amigos, tengan como destino predeterminado
un botín triunfante o una cárcel, una plancha o un mulo, una biblioteca o una
botinera?
Educar hoy, sería algo así como
aprender y enseñar a cazar los sentidos como un modo de evitar el vaciamiento
de los vínculos. Educar hoy es tarea reservada sólo a quienes se atrevan a
desacralizar las formas instituidas en la defensa del valor de la vida en sus
diferentes planos. Educar hoy sería trabajar desde el movimiento anómico
reglado, ayudándonos a descubrir el jueguito de los ‘diseñadores
civilizatorios’. Educar hoy sería hallar el cómo hacer para evitar que la
aplicación de la regla promueva un nuevo tipo de esclavitud, una generada por
la dependencia de un sentido paradojal oculto de la vida.
Quién se beneficia con este ni,
a-reglado, para beneplácito de los constructores de verdades itinerantes.
¿Pueden niños y adolescentes forjarse una conciencia basada en los horizontes
temporales vivenciados? Si el pasado es desechado por ‘antiguo’, el presente
elevado y sacralizado hasta el ridículo y el porvenir es hoy, cómo diseñarán
los jóvenes su inclusión dionisíaca conciente en el mundo. Las poderosas
fuerzas transformadoras expresadas en las vivencias juveniles desorientadas por
la vigencia promovida de la ambigüedad del sentido y las jerarquías vanas,
podrían revolcarse indefinidamente anclándose en la deriva confusa del hoy,
autobloqueando la posibilidad de inclusión o de apego a la vida.
Hoy tal vez como en pocos momentos
de la historia reciente, ningún educador puede ampararse en el beneficio
siempre libre de la ingenuidad ético-política porque podría estar educando a
ciegas. Ésta, no sería la primera dictadura en utilizar el fútbol como soporte
y canalización de valores sociales generales. Cien años atrás, el entonces
ministro de educación José María
Ramos Mejía culpó a los padres por el ‘desastre educativo’,
tal vez porque aún no votaban. Desde hace al menos cinco años, desde algunos
círculos impensados de formadores de formadores en un ejercicio de ceguera
ingenua, se insiste en responsabilizar a maestros y profesores por el ‘desastre
educativo’. No obstante, a pesar de la élite, ni padres ni maestros han logrado constituirse
en ‘diseñadores civilizatorios’. Pero
profundizar en este aspecto del juego reglado a-reglado, es otra tarea que nos
debemos, ya que constituye la base de nuestras alternativas concientes ante la
acción educativa cotidiana y tal vez de ello dependa volver o no a saborear el
placer de la eficacia en los resultados obtenidos en la cancha.
Podríamos proseguir nuestra tarea
diseñando en todas las áreas una búsqueda del juego perdido, un jugar a
encontrarme con mis pares, con mis compañeros, con mis, porque sin ellos, yo no
sería ni siquiera un ni. Este diseño debería incluir el conocer los motivos de
mi accionar, ya que sin éste ‘prefijo’ de la acción humana, la acción cotidiana
semi conciente podría tornarse automática u obediente.
¿En qué sentido éstos son tiempos
que autorizan que nos permitamos acciones automáticas u obedientes? ¿nos
desresponsabiliza apelar al inefable “desconozco”? ¿es aceptable o bien qué
implica que el futbolista se constituya en modelo social? ¿Qué las adolescentes
así como antes se colgaban de una charretera, después de un guante y hoy
pretendan el botín ‘a como dé lugar’, es una cuestión de cuero o de género?
Podríamos diseñar una necesidad que el juego
permite desde su naturaleza y que el deporte actual, incluso el deporte de
conjunto, insiste en desconocer: jugar desde el reconocimiento en reciprocidad,
jugar con, en lugar de jugar para; jugar hasta que juntos cambiemos el ritual
actual que disolvió el nosotros. Jugar a desacralizar lo fatuo, lo vacuo, lo
fácil. Jugar a relativizar la importancia de quienes andan a las patadas por la
vida pateando cráneos vacíos. Jugar el juego, jugarlo, hasta recuperar la
potestad éticamente bella de lo comunitario, estéticamente bella de lo
incluyente, ardorosamente viva de lo que juntos fuimos.
Los ‘diseñadores civilizatorios’, utilizando
opiniones y opinantes que buscan imponer una seducente red de verdades
itinerantes y modelos sociales cuestionables mediante la adopción de un
relativismo maníaco, no estarían lejos de disolver el conjunto, entendido éste
como la obra resultante de las relaciones sociales que nos han vinculado
fructíferamente.
Ante semejante conciencia, podríamos
diseñar la búsqueda de un conjunto en común, que nos aleje de la imposición de
un conglomerado fragmentante y elusivo que más se afianza cuando más logra
aferrarnos a un desconocimiento recíproco, mientras nos paraliza organizando
nuestras vidas mediante las figuras que reinan en las alturas de este
lamentable olimpo.
¿Hay a la Joyce, un universal
paralizado y muerto, o mejor con Xul Solar, inventemos un nombre, hagámonos un
mundo?
Busquemos el punto de anclaje que
nos permita orientarnos-orientar a los jóvenes,
-no me atrevo a decir estudiantes -, para terminar bien parados en la
red.
Si fuese adolescente –tal vez
‘mataría’-, jugar con la camiseta del porvenir.
dfa, Buenos Aires, 2009.-