El rebaño es del señor. Cuida tu rebaño (grey) como a ti mismo. Experimenta tu rebaño.
Cordero de dios que cura los pecados del mundo, danos la paz.
Trataré de mostrarles en este artículo algo del entramado psico-sociológico de nuestra raíz patriarcal.
Comenzaré diciendo además, que este ruego al cordero es un absoluto absurdo, no en sentido religioso sino en cuanto a las apelaciones que se hacen a la víctima del pastor campesino: víctima y protegida simultáneamente, víctima tanto de su maltrato como de sus apetencias, lo que muestra la ignorancia, o la mala fe, o la inconciencia acerca del valor simbológico contradictorio de esa figura. Es como pedirle que nos dé la paz a la víctima por excelencia de nuestro modo de ser pastoril devenido ‘ciudadano’: la mujer. Víctima tanto como el cordero de nuestro maltrato tanto como de nuestras apetencias. Con lo cual el ruego necesita una reformulación inaceptable:
Mujer de dios que cura los pecados del mundo, danos la paz.
La exaltación del cordero exalta a las culturas pastoriles y es un sello de origen, un símbolo de guerra contra las sociedades maternales agricultoras del neolítico, devenido tras el triunfo de la devastación en símbolo de pax. Esta cerrada simbología guerrera semítica en parentesco con lo ario romano señala soterradamente un enemigo ancestral existente y presente al que hay que exigirle permanentemente la paz. Es mejor que entendamos a ese ruego como a una exigencia, porque eso es lo que es. La eficacia simbológica del cordero se debe a su carácter aglutinante de una cultura triunfadora enmascarada en las apariencias dóciles e inofensivas del animalito. Ya hemos visto en algunas etnias poner cara de cordero con notoria copia de lo natural aunque el fenómeno se muestra como emergente de una contienda ganada contra la matrística. Se podría decir que pareciera exagerado argumentar matricidio aunque resulta sencillo averiguar que si se quita del juego de oposiciones al pecado encarnado por lo femenino y su naturaleza espúrea, el frente del ataque civilizatorio patriarcal se queda pulsando el absurdo, salvo sólo cuando hoy nos sigue mostrando su inherente ferocidad desplegada en un conflicto global interno a sus propias deudas no resueltas. La política de arrasamiento propia del modo de ser patriarcal es conocida, pero la devastación y aniquilación de la mujer tiene casos emblemáticos, casos que van más allá de la tradicional imposición de la ley, que se ocupa de costumbres, vestimenta, modos de acción, elecciones, sin olvidar mayores extremos, como el de las mujeres chutkique, que hasta no hace muchos años tenían prohibido pronunciar algunos fonemas reservados sólo a los hombres.
La valoración de la mujer como de un algo inferior al hombre es propia en una cierta inmanencia de los pueblos pastores, quiénes reservaban las jerarquías a los varones basándose en la fuerza y las destrezas laborales sobre todo físicas. Las tareas actuales de los peones rurales reproducen el diseño de un patriarca, sus valores, costumbres, inclinaciones, afectos, emociones, pensamientos, sexualidad. Sus vivencias y modelos tomados del mundo animal restituyen permanentemente el modo de ser ancestral de los pastores. El ganado a su cuidado es lo más valioso e importante para él, ya que de su eficacia depende su nombre en el grupo, su prestigio personal, todo lo que hará de él alguien de valor ante sí mismo. No está en juego en primera instancia que su eficacia tenga que ver con el cuidado del grupo, clan o tribu, sino su personal predominio ante la tarea encomendada. La mujer preferida ocupa el mismo lugar que su rebaño preferido, y la madre de sus hijos lo vale simplemente en cuanto al significado del resultado. El hijo preferido es el primogénito hasta en la actualidad, si sólo son mujeres la mujer no es buena, lo que ha dado millones de casos de suicidio entre las mujeres madres sólo de mujeres. El desarrollo de las jerarquías tribales se monta en estas metodologías laborales que exige la economía basada en el ganado de una población nómade o seminómade. Sus cosmologías, sus mitos de origen y de creación del mundo, de los ríos y las montañas, de creación del hombre y la mujer, dependen directamente de la tarea cotidiana reproductora de la vida. Podría decirse que esto ocurre en cualquier otro modo de reproducción campesino o urbano, pre y capitalista, pero no es así. Si lo campesino ancestral neolítico estuviese basado en el predominio de la fuerza sí, pero si estuviese basado en el pleno desarrollo de las virtudes naturales femeninas, no.
Los principios en los que se basa una cultura ancestral pastoril son la fuerza física, la división del trabajo estricta, lo que en último término da como resultado el predominio efectivo de un sexo sobre otro porque mientras que las mujeres estén reproduciendo con normalidad, para la sobrevivencia se valora en prioridad la eficacia en las tareas masculinas, relegando el producto de la sexualidad, la criatura, a un orden secundario y a la mujer a ese mismo orden. Esto es posible ya que la mujer puede engendrar en condiciones muy adversas incluso en gran parte contra su voluntad, salvo cuando se trata de pactos suicidas o de actos filicidas no esporádicos. Pero como esto último no presenta valores críticos en general, las criaturas nacerán a pesar de las críticas condiciones sociales físicas y emocionales de las mujeres. Esto último se debe a que en última y trágica instancia la criatura es la única propiedad efectiva de la mujer, algo que el hombre biológicamente no puede igualar por su naturaleza. Que el niño o la niña sean efectivamente propiedad biológica de sus madres respectivas hace desgajar otra variante importante, que el varón pastoril se sienta ante una desventaja natural, lo que obviamente le produce desde el comienzo de los agrupamientos envidia de útero, tanto es así que se esmera en suplir tal desventaja minimizándola, oscureciendo y distorsionándola y con toda la normativa jerárquica que desplaza a la mujer a un segundo plano entendida como mujer de, madre de, hija de, pero nunca como sí misma, como mujer, salvo en porcentuales bajísimos que no modifican el esquema básico de dominación patriarcal pastoril. La función de la mujer es obvia, la mujer vino al mundo para eso, todo lo demás está demás, sin el hombre no podría ser madre, depende de nosotros.
El pastor arranca su tarea desde antes del comienzo del día, el ordeñe se hace de madrugada, las tareas preparatorias también, así que cuando amanece los pastores salen con sus rebaños hacia los lugares de pastoreo elegidos desde los rediles. Caso conocido es el del pastoreo alejado del asentamiento que obliga al pastor a pernoctar varios días con su rebaño solamente acompañado por perros ayudantes encargados de evitar que se disperse el ganado y de alertar con sus ladridos ante la presencia de depredadores (lobos, etc.).
Estas prácticas lo alejan durante todo el día o durante varios días del contacto social, y estamos hablando de la mayor parte de los hombres, sobre quienes recae la dura tarea pastoril. Estas tareas no permiten excedentes por fuera del tamaño del rebaño ni siquiera en el conocido caso siberiano de los ‘ricos en renos’. De allí que se haya entendido que el excedente es producido por economías agrícolas y que de allí habrían surgido las jerarquías y de allí los estados, las superestructuras sociales.
En primer lugar, el surgimiento de los Estados entendidos como superestructuras económico-político-militar-religiosas, no dependen de la capacidad de una sociedad para generar excedente ya que los pueblos pastores de hace 5mil años no lo generaban y sin embargo poseían dicha ‘superestructura móvil’ encargada de la defensa y la conquista de nuevos territorios aptos. Se puede hablar de la aparición del ‘estado móvil’ en pueblos pastores arios que no producían excedente en sus economías. Los semitas estaban retrasados en estos desarrollos, lo cual podría expresar el por qué sólo llegaron a ocupar Europa en exclusividad las tribus arias.
En cuanto al reverso de la cinta es sabido que las sociedades matrifocales del neolítico con un alto desarrollo económico basado en la agricultura generaban excedente y de ninguna manera generaban gracias a esa excedencia Estado, ni formal, ni móvil, ni conflictos internos ni guerras durante más de siete mil años. Algo que surge de inmediato a quien observe, es el carácter no automático de la generación de un Estado basada en la simple constatación de excedente por parte de una sociedad. El patriarcado hace víctimas de entre sus propios firmes detractores, la ausencia de información conduce a situaciones teóricas no deseadas con lo cual se hace necesario precisión y obstinamiento para imponer la democratización de la información, el castigo penal a la censura impuesta o negligente, para evitar el ostracismo, el oscurantismo, la adulteración, la distorsión interpretativa, la cooptación sectaria de profesionales basada en favoritismos que incluyen parentescos no sólo ideológicos sino como novedad sólo a gran escala -étnicos-, ya que en escalas menores nacionales regionales se trata de una práctica milenaria, pero muy novedosa a escala mundial. Y como trasfondo, como pared de la caverna, recién allí con la aparición de la información que proporcionan las investigaciones de lo conocido como ‘la Vieja Europa’, en el marco de la Revolución Arqueológica, aparece la diferencia seria y mortal: la del diferente carácter productor de la sexualidad humana, de mujeres y de hombres, en los dos grandes modos de producción neolíticos.
De la sexualidad del varón y de su tarea ancestral pastoril surge un diseño de lo social, un modo de comprender la vida, de comprenderse a sí mismo, de asimilar el conjunto a esa particularidad de género.
Es importante señalar que el carácter aislado de la tarea pastoril ha dado como resultado el desarrollo de un tipo de ego entendido primigeniamente en términos de estrategias de dominación. ¿Cómo es la vida cotidiana de un pastor? Si se observa con cierto detenimiento es el ejercicio de su vida material el que delinea un tipo de comportamiento en estos hombres, a lo cual debe añadirse sin olvido que este tipo de comportamiento coincide punto por punto con los derivados de su sexualidad biológica, de su contextura física (30 % mayor de masa muscular que en la mujer), y que de esta combinación surge la cultura y civilización patriarcal hasta el presente.
Estas construcciones culturales patriarcales se extienden al resto del mundo no porque sea eficaz para la defensa de la vida del conjunto, sino porque enfrenta con cierto éxito la fuerza de los acontecimientos, en general climáticos, que urgen la búsqueda de horizontes aptos para su función (pastoril). Lo propio pastoril no es previsor, no planifica (¡), vive y se desarrolla adaptándose permanentemente a las condiciones que le impone la naturaleza, lo cual se filtra íntimamente y se instala como un modo propio de la naturaleza de los seres vivos. Pero no es así, nada tiene de natural una respuesta meramente adaptativa a una carencia integral en el caso humano, ya que si así fuese no habría ninguna diferencia con otros mamíferos u otras especies animales.
Por último por ahora. ¿Cómo se manifiesta el carácter y las conductas del campesinado pastoril masculino? Ya fue señalado de dónde surge lo actual -entendido como natural- y se filtra en la caracterización de lo humano como si se tratase de un solo bloque.
Del comportamiento del campesino pastoril puede observarse conductas intolerantes, fastidiosas, instantáneamente reactivas, ‘cortantes’, de baja tolerancia a las alusiones de otros contra sí, proclive a ‘tomar el pelo’ como diversión, violento, jerárquico, de conflicto fácil, de soluciones mediante ‘golpes’ y maltrato en general, que toma ya mismo lo que le interesa, que se somete de inmediato en términos casi caninos a la orden de un considerado superior, que es excluyente, hipercelante posesivo, dominante, que detesta la debilidad, a los débiles, a lo inferior.
Es aquí donde habría que indagar para hallar la base fundacional de nuestra psiquis actual y de nuestro comportamiento civilizatorio. Hasta hoy, en términos tanto individuales cuanto culturales civilizatorios, sólo somos el producto del producto biológico más defectuoso de la especie.
dfa,buenos aires, 10 de enero de 2014.-
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